Las dos varas se unen para convertirse en un solo templo. Cuarenta y seis es el símbolo del templo, y son cuarenta y seis años lo que separa el cautiverio del reino del norte del cautiverio del reino del sur. Cuando se cumple el pisoteo del santuario y de la hueste en el tiempo del fin, en 1798, son cuarenta y seis años los que unen las dos varas en un templo. Desde 723 a. C. hasta 677 a. C., el templo fue derribado y pisoteado. En 1798 terminó el pisoteo y para 1844 se había erigido un templo. Allí debían llegar a ser una sola nación, con un solo rey, y dejar de pecar para siempre. Ese era el plan, pero la rebelión de 1863 lo retrasó hasta 2001.

Pablo identifica a la Iglesia como el cuerpo y a Cristo como la cabeza, y emplea el cuerpo como símbolo de la carne. La carne y el cuerpo son términos intercambiables para Pablo.

Porque si ustedes viven conforme a la carne, morirán; pero si por el Espíritu hacen morir las obras del cuerpo, vivirán. Romanos 8:13.

El diseño del templo humano se basa en el diseño del templo de Dios. El cuerpo, que es la Iglesia, equivale a la carne en el templo de una persona. En el templo de una persona, la mente es la cabeza y el cuerpo es la carne.

Porque somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos. Por esta causa dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne. Este es un gran misterio; pero yo hablo en cuanto a Cristo y la iglesia. Efesios 5:30-32.

El templo que Juan debía medir, cuando el toque del séptimo ángel marcó el comienzo de la obra de consumar el misterio de Dios, era el templo de Dios, pero el templo del hombre fue creado a imagen del templo de Dios. Son símbolos intercambiables. Moisés estuvo en el monte cuarenta y seis días, cuando se le mostró el modelo que había de usar al erigir el tabernáculo terrenal. El modelo fue tomado del templo celestial.

Cristo era el templo celestial, manifestado en la carne, y Él representa el modelo del templo humano, pues los hombres fueron creados a Su imagen. Por esta razón, el modelo del templo humano se representa con cuarenta y seis cromosomas.

Los templos son proféticamente intercambiables. Así, el templo que se le dijo a Juan que midiera constaba de solo dos compartimentos, sin atrio. El primer compartimento representa el templo humano, la iglesia (la esposa), la nación, el cuerpo, que es la carne. El segundo compartimento representa el templo divino, el esposo, el rey, la cabeza, que es la mente. La promesa del pacto eterno que se cumple para los ciento cuarenta y cuatro mil en los últimos días ha sido ilustrada por los dos palos de Ezequiel capítulo treinta y siete. Ha sido ilustrada por el templo de Juan, que consta de dos compartimentos. Ha sido ilustrada por las definiciones específicas de Pablo del misterio de Cristo en el creyente, la esperanza de gloria.

La obra del sellamiento de los ciento cuarenta y cuatro mil consiste en la unión permanente de la Divinidad con la humanidad. Esa obra se lleva a cabo durante el toque de la Séptima Trompeta. Dicha combinación se representa, renglón tras renglón, de diversas maneras en las Escrituras. Los términos teológicos que designan esa obra son justificación y santificación. La justificación es la obra de Cristo como nuestro Sustituto, y la santificación es la obra de Cristo como nuestro Ejemplo. La justificación representa nuestro título para el cielo, y la santificación representa nuestra idoneidad para el cielo. Ambas obras son conferidas al creyente por la presencia del Espíritu Santo. Esa obra se representa como la escritura de la ley de Dios en los corazones y las mentes de aquellos que son admitidos en el pacto eterno.

La "mente" representa el aposento en el templo, donde reside la cabeza. La mente es lo que se llama la naturaleza superior, frente a la carne, que es la naturaleza inferior. La mente está representada por nuestros pensamientos; la carne está representada por nuestros sentimientos.

Muchos sufren una infelicidad innecesaria. Apartan su mente de Jesús y se concentran demasiado en sí mismos. Agrandan pequeñas dificultades y expresan desaliento. Son culpables del gran pecado de quejarse innecesariamente de las providencias de Dios. Por todo lo que tenemos y somos, estamos en deuda con Dios. Él nos ha dado facultades que, hasta cierto punto, son semejantes a las que Él mismo posee; y debemos esforzarnos con empeño por desarrollar estas facultades, no para complacernos ni exaltarnos a nosotros mismos, sino para glorificarlo a Él.

"No debemos permitir que nuestras mentes sean desviadas de la fidelidad a Dios. Por medio de Cristo podemos y debemos ser felices, y debemos adquirir hábitos de dominio propio. Aun los pensamientos deben ser sometidos a la voluntad de Dios, y los sentimientos, al control de la razón y de la religión. No se nos dio la imaginación para permitirle desenfrenarse y hacer su propia voluntad, sin ningún esfuerzo de restricción y disciplina. Si los pensamientos son equivocados, los sentimientos también lo serán; y los pensamientos y sentimientos combinados conforman el carácter moral. Cuando decidimos que, como cristianos, no se nos requiere refrenar nuestros pensamientos y sentimientos, quedamos bajo la influencia de ángeles malignos e invitamos su presencia y su control. Si cedemos a nuestras impresiones y permitimos que nuestros pensamientos corran por un cauce de sospecha, duda y queja, seremos infelices, y nuestras vidas serán un fracaso." Review and Herald, 21 de abril de 1885.

Los pensamientos y los sentimientos, combinados, constituyen el carácter moral. Nuestro carácter está compuesto por una naturaleza inferior y una superior; la mente es la naturaleza superior, y si los pensamientos de la mente son santificados, nuestros sentimientos serán santificados. Esto se debe a que la mente es, entre las dos naturalezas que conforman nuestra humanidad, la naturaleza superior y rectora. Las "facultades" que fueron diseñadas como parte de nuestro ser son, "en cierta medida", "semejantes a aquellas que" Cristo "posee", pues fuimos creados a Su imagen, y "deberíamos laborar con ahínco para desarrollar" esas "facultades".

Las facultades que forman parte de la naturaleza superior, o de la mente humana, son el juicio, la memoria, la conciencia y especialmente la voluntad.

Muchos se preguntan: «¿Cómo he de entregarme a Dios?» Deseas entregarte a Él, pero eres débil en fuerza moral, esclavo de la duda y dominado por los hábitos de tu vida de pecado. Tus promesas y propósitos son como cuerdas de arena. No puedes controlar tus pensamientos, tus impulsos, tus afectos. La conciencia de tus promesas incumplidas y compromisos quebrantados debilita tu confianza en tu propia sinceridad y te hace sentir que Dios no puede aceptarte; pero no tienes por qué desesperar. Lo que necesitas comprender es la verdadera fuerza de la voluntad. Esta es la potencia rectora en la naturaleza del ser humano, el poder de decidir, de elegir. De su recto ejercicio depende todo. Dios ha dado a los hombres el poder de elegir; les corresponde ejercerlo. No puedes cambiar tu corazón, no puedes por ti mismo entregar a Dios tus afectos; pero puedes elegir servirle. Puedes entregarle tu voluntad; entonces Él obrará en ti tanto el querer como el hacer, conforme a Su beneplácito. Así, toda tu naturaleza quedará bajo el control del Espíritu de Cristo; tus afectos se centrarán en Él, tus pensamientos estarán en armonía con Él.

Los deseos de bondad y santidad son correctos hasta cierto punto; pero si te detienes aquí, de nada valdrán. Muchos se perderán mientras esperan y desean ser cristianos. No llegan al punto de rendir la voluntad a Dios. No eligen ahora ser cristianos.

"Mediante el recto ejercicio de la voluntad, puede efectuarse un cambio completo en tu vida. Al rendir tu voluntad a Cristo, te alías con el poder que está por encima de todos los principados y potestades. Recibirás fuerza de lo alto para mantenerte firme y, así, mediante la entrega constante a Dios, serás capacitado para vivir la vida nueva, aun la vida de fe." Pasos hacia Cristo, 47, 48.

El poder de la voluntad es el "poder rector" en la naturaleza del hombre, y el gobernante se halla en el aposento del templo humano, el cual está aliado "con el poder que está por encima de todos los principados y potestades". El lugar donde tiene lugar la unión de la Divinidad con la humanidad en el templo humano es la ciudadela del alma. Todo ser humano tiene una ciudadela, y esta está ocupada ya sea por Cristo o por el archienemigo de Cristo.

"Cuando Cristo toma posesión de la ciudadela del alma, el agente humano se hace uno con él. Y el que es uno con Cristo, manteniendo esa unidad, entronizándolo en el corazón y obedeciendo sus mandamientos, está a salvo de las acechanzas del maligno. Unido a Cristo, reúne para sí las gracias de Cristo, y consagra fuerza, eficiencia y poder al Señor para ganar almas para él. Por la cooperación con el Salvador se convierte en el instrumento mediante el cual Dios obra. Entonces, cuando Satanás viene y procura tomar posesión del alma, halla que Cristo lo ha hecho más fuerte que el hombre fuerte armado." Review and Herald, 12 de diciembre de 1899.

La ciudadela del alma es el corazón y la mente del ser humano. La promesa del nuevo pacto señala tres promesas principales para el creyente. Se le promete tener una tierra en la cual habitar, tal como lo fue el Jardín del Edén para Adán y Eva, que, a su vez, representó la tierra prometida para Su pacto con el Israel antiguo, que, a su vez, representó la gloriosa tierra espiritual para el Israel espiritual, y las tres dan testimonio, renglón tras renglón, de la promesa de la tierra hecha nueva para aquellos que vencen como Él venció.

Cuando Adán y Eva pecaron, fueron "dispersados" fuera del Jardín del Edén por "siete tiempos", y tras siete milenios la tierra es hecha nueva, y el Jardín del Edén es restaurado. La dispersión del antiguo Israel por "siete tiempos" fue prefigurada por la dispersión de Adán y Eva. El pacto promete una tierra donde habitar, y era la promesa del Edén restaurado. El hollamiento del santuario y de la hueste representa la escalada progresiva del pecado dentro de la familia humana que comenzó con el pecado de Adán.

Las otras dos promesas del pacto son que los fieles recibirán un cuerpo nuevo y una mente nueva, aun la mente de Cristo. El cuerpo es la carne, la naturaleza inferior, y, en relación con Cristo, es la iglesia. La mente es la naturaleza superior; es lo que la hermana White identifica como la “ciudadela del alma”. Pablo enseña claramente que recibimos la mente de Cristo en el momento en que aceptamos los requisitos del evangelio, cuando somos justificados. También enseña que no recibimos un cuerpo nuevo y glorificado sino hasta la Segunda Venida.

He aquí, les revelo un misterio: no todos dormiremos, pero todos seremos transformados; en un instante, en un abrir y cerrar de ojos, al toque de la última trompeta, porque la trompeta sonará, y los muertos resucitarán incorruptibles, y nosotros seremos transformados. Porque es necesario que esto corruptible se revista de incorrupción, y esto mortal se revista de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se haya revestido de incorrupción, y esto mortal se haya revestido de inmortalidad, entonces se cumplirá lo que está escrito: La muerte ha sido absorbida por la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? El aguijón de la muerte es el pecado; y el poder del pecado es la ley. 1 Corintios 15:51-56.

Una doctrina, que Juan dice que identifica como anticristo a quienes creen tales enseñanzas falaces, sostiene que Cristo nunca aceptó un cuerpo que estuviera sujeto a los efectos del pecado que habían empezado a afectar a la familia humana desde el pecado de Adán en adelante.

Y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en la carne no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo, del cual ustedes han oído que ha de venir; y aun ahora ya está en el mundo. 1 Juan 4:3.

El vino de Babilonia (anticristo) que enseña la "Inmaculada Concepción" afirma que María fue hecha perfecta, como lo fueron Adán y Eva antes del pecado, para que el nacimiento de Jesús se basara en una concepción de la divinidad (el Espíritu Santo), con una humanidad perfecta (María). La falsa doctrina de la Inmaculada Concepción no aborda cuándo fue concebido Jesús en el vientre de María, sino cómo María fue concebida con la perfección de Adán y Eva. Sugerir que la carne que Cristo asumió cuando vino a redimir al hombre era carne sin pecado, que no contenía los efectos de la herencia, es una enseñanza del anticristo.

Porque muchos engañadores han entrado en el mundo, que no confiesan que Jesucristo ha venido en carne. Este es el engañador y el anticristo. 2 Juan 1:7.

Cuando Cristo resucitó, la inspiración señala cuidadosamente que Él tenía entonces un cuerpo glorificado. Su resurrección representó la resurrección de los justos en la Segunda Venida, y es entonces cuando recibimos la promesa del pacto de un cuerpo nuevo.

Había llegado el momento de que Cristo ascendiera al trono de Su Padre. Como un conquistador divino, estaba a punto de regresar con los trofeos de la victoria a los atrios celestiales. Antes de Su muerte había declarado a Su Padre: "He acabado la obra que me diste que hiciese". Juan 17:4. Después de Su resurrección se detuvo en la tierra por un tiempo, para que Sus discípulos llegaran a familiarizarse con Él en Su cuerpo resucitado y glorificado. Ahora estaba listo para la despedida. Había confirmado el hecho de que era un Salvador vivo. Sus discípulos ya no tenían por qué asociarlo con el sepulcro. Podían pensar en Él como glorificado ante el universo celestial. El Deseo de las Edades, 829.

La promesa del pacto, de una tierra en la cual habitar, se cumple en la tierra hecha nueva, cuando el Edén es restaurado y concluye el período de "siete veces" (siete mil años) de dispersión de la humanidad del primer Adán. La promesa del pacto de un cuerpo nuevo y glorificado se otorga en la Segunda Venida, en un abrir y cerrar de ojos.

La historia de Belén es un tema inagotable. En ella está escondida 'la profundidad de las riquezas tanto de la sabiduría como del conocimiento de Dios'. Romanos 11:33. Nos maravillamos del sacrificio del Salvador al cambiar el trono del cielo por el pesebre, y la compañía de ángeles adoradores por las bestias del establo. El orgullo y la autosuficiencia humanos quedan reprendidos en Su presencia. Sin embargo, esto no fue más que el comienzo de Su maravillosa condescendencia. Hubiera sido una humillación casi infinita para el Hijo de Dios asumir la naturaleza humana, aun cuando Adán se hallaba en su inocencia en el Edén. Pero Jesús aceptó la humanidad cuando la raza había sido debilitada por cuatro mil años de pecado. Como todo hijo de Adán, Él aceptó los resultados del obrar de la gran ley de la herencia. Lo que fueron estos resultados se muestra en la historia de Sus antepasados terrenales. Vino con tal herencia para compartir nuestros dolores y tentaciones, y para darnos el ejemplo de una vida sin pecado. El Deseo de las Edades, 48.

Cuando un hombre cumple los requisitos del evangelio, en ese mismo momento recibe una nueva mente, la mente de Cristo, pero el cuerpo, o como también lo llama Pablo, la carne, es cambiado en la Segunda Venida. La naturaleza inferior, que consiste en los sentimientos, no se elimina en la conversión. Esos sentimientos, que son una parte del carácter moral, permanecen hasta la Segunda Venida. Esos sentimientos representan el sistema emocional, que está asociado con el sistema hormonal. Representan los sentidos que están asociados con el sistema nervioso. Todos los elementos de la naturaleza inferior del hombre que se consideran sentimientos se dividen en dos categorías básicas. Un tipo de sentimientos lo constituyen las tendencias que heredamos de nuestros antepasados, y el otro tipo de sentimientos son las tendencias cultivadas que desarrollamos por nuestras propias decisiones.

Algunas tendencias heredadas son simplemente parte de la constitución humana, y algunos tipos de tendencias heredadas están orientados a hacer el mal. Los tipos de sentimientos cultivados son los que establecemos mediante nuestras propias decisiones, y las tendencias heredadas se transmiten por "la gran ley de la herencia".

Jesús "asumió la humanidad cuando la raza humana había sido debilitada por cuatro mil años de pecado. Como todo hijo de Adán, Él aceptó los resultados de la operación de la gran ley de la herencia. Lo que fueron estos resultados se pone de manifiesto en la historia de Sus antepasados terrenales. Vino con tal herencia para compartir nuestras aflicciones y tentaciones, y para darnos el ejemplo de una vida sin pecado." Con los resultados de cuatro mil años de la operación de la gran ley de la herencia, Jesús mantuvo siempre esas tendencias sujetas mediante el ejercicio de Su voluntad, y nunca participó, ni una sola vez, en el cultivo de sentimientos pecaminosos.

Si Jesús hubiera aceptado un cuerpo humano, como el de Adán y Eva antes de pecar, sin aceptar los resultados del debilitamiento de la humanidad ocurrido a lo largo de más de cuatro mil años de degradación, entonces Él no habría dado un ejemplo de cómo cada hijo de Dios puede vencer.

Continuaremos este estudio en el próximo artículo.

Muchos ven este conflicto entre Cristo y Satanás como algo sin relación especial con su propia vida; y por eso les interesa poco. Pero en el ámbito de cada corazón humano esta controversia se repite. Nadie deja las filas del mal para ponerse al servicio de Dios sin encontrarse con los asaltos de Satanás. Las seducciones que Cristo resistió fueron aquellas que a nosotros nos resultan tan difíciles de resistir. Se las presentaron a Él en un grado mucho mayor, por cuanto su carácter es superior al nuestro. Con el terrible peso de los pecados del mundo sobre Él, Cristo resistió la prueba del apetito, del amor al mundo y de ese amor a la ostentación que lleva a la presunción. Estas fueron las tentaciones que vencieron a Adán y Eva, y que tan fácilmente nos vencen a nosotros.

Satanás había señalado el pecado de Adán como prueba de que la ley de Dios era injusta y no podía ser obedecida. En nuestra naturaleza humana, Cristo debía redimir el fracaso de Adán. Pero cuando Adán fue asaltado por el tentador, no pesaba sobre él ninguno de los efectos del pecado. Se mantenía en la fortaleza de una hombría perfecta, poseyendo todo el vigor de mente y cuerpo. Estaba rodeado de las glorias del Edén y vivía en comunión diaria con seres celestiales. No fue así con Jesús cuando entró en el desierto para enfrentarse con Satanás. Durante cuatro mil años la raza había venido disminuyendo en fuerza física, en poder mental y en valía moral; y Cristo tomó sobre sí las debilidades de la humanidad degenerada. Solo así podía rescatar al hombre de lo más profundo de su degradación.

Muchos afirman que era imposible que Cristo fuese vencido por la tentación. Entonces no podría haber sido puesto en la posición de Adán; no podría haber obtenido la victoria que Adán no alcanzó. Si en cualquier sentido nosotros tenemos un conflicto más arduo que el que tuvo Cristo, entonces Él no podría socorrernos. Pero nuestro Salvador asumió la humanidad, con todas sus limitaciones. Tomó la naturaleza del hombre, con la posibilidad de ceder a la tentación. No tenemos nada que soportar que Él no haya soportado.

En el caso de Cristo, como en el de la santa pareja en el Edén, el apetito fue el fundamento de la primera gran tentación. Precisamente donde comenzó la ruina, debe comenzar la obra de nuestra redención. Así como por la complacencia del apetito Adán cayó, así por la abnegación del apetito Cristo ha de vencer. “Y habiendo ayunado cuarenta días y cuarenta noches, tuvo después hambre. Y acercándose a Él el tentador, le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan. Mas Él respondió y dijo: Escrito está: No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.”

Desde el tiempo de Adán hasta el de Cristo, la autocomplacencia había aumentado el poder de los apetitos y las pasiones, hasta el punto de ejercer un dominio casi ilimitado. Así, los hombres se habían envilecido y enfermado, y por sí solos les era imposible vencer. En favor del hombre, Cristo venció al soportar la prueba más severa. Por amor a nosotros ejerció un autocontrol más fuerte que el hambre o la muerte. Y en esta primera victoria estaban implicadas otras cuestiones que intervienen en todos nuestros conflictos con los poderes de las tinieblas. El Deseo de las Edades, 117.